Leon Andara

La interrogante de si existe una vida después de la muerte no puede ser respondida por la ciencia, puesto que ésta sólo se interesa por clasificar y analizar los datos objetivos; es más, el hombre sólo se ha ocupado de realizar investigaciones y estudios científicos en los últimos siglos, mientras que el concepto de la vida después de la muerte le ha sido familiar desde tiempo inmemoriales.  Todos los profetas de Dios exhortaban a sus pueblos a adorar a Dios y a creer en la vida futura, pusieron tanto énfasis en este concepto que incluso la más mínima duda de ello significaba negar a Dios y privaba de sentido a todas las demás creencias. 

            El mismo hecho de que todos los profetas hayan abordado la cuestión metafísica de la vida después de la muerte con tanta insistencia y uniformidad – abarcando el lapso entre sus venidas miles de años – viene a demostrar que la fuente de su conocimiento sobre la vida después de la muerte, proclamada por todos ellos, era la misma, es decir, la revelación divina.  También sabemos que estos profetas de Dios encontraron una fuerte oposición entre su gente, principalmente en lo que respecta a la vida después de la muerte, ya que estos pueblos la consideraban imposible.

            Pero pese a esta oposición, los profetas consiguieron multitud de seguidores sinceros.  Surge la pregunta: ¿Qué fue lo que impulsó a estos seguidores a abandonar las creencias, tradiciones y costumbres establecidas de sus antepasados, incluso de quedar totalmente marginados en su propia comunidad? La respuesta es simple:

Hicieron uso de sus facultades mentales y de su corazón y se dieron cuenta de la verdad.  ¿Se percataron de la verdad como consecuencia de la conciencia de su percepción? ¡No! Puesto que la experiencia perceptiva de la vida después de la muerte resulta imposible.  Realmente, Dios ha otorgado al hombre, además de la conciencia de la percepción, la conciencia racional, estética y moral.  Y es esa conciencia la que permite al hombre contemplar las realidades que no pueden verificarse con datos sensoriales.  Es por esta razón que, cuando exhortan a los pueblos a creer en Dios y en la vida futura, los profetas de Dios apelan a la conciencia estética, moral y racional del hombre; por ejemplo, los idólatras de la Meca negaban incluso la posibilidad de la existencia de vida después de la muerte, el Corán exponían la fragilidad de su postura formulando argumentos muy lógicos y racionales.

 

            Nos propone una parábola y se olvida de su propia creación dijo: ¿Qué hará revivir estos huesos cuando se hayan descompuesto?

 

            ¿Es que quien ha creado los cielos y la tierra no será capaz de crear semejantes a ellos? Claro que si.  Ël es el Supremo Creador, el Omnisciente. (36:78-81).

 

             En otra ocasión el sagrado Corán afirma muy claramente que los incrédulos carecen de fundamento sólido para negar la vida después de la mente.  Dicen: “No hay más vida que la presente; morimos y vivimos y nada sino el tiempo nos hace perecer”.  Pero no tiene certeza de eso, se limita a conjeturar, y cuando se le recitan nuestras revelaciones lo único que argumentan es: “Haced volver a nuestros padres si es verdad lo que decís” (45: 24-25).

 

Qué duda cabe que Dios resucitará a todos los muertos, y llegará un día en el que el universo entero quedará destruido y los muertos volverán a resucitar para comparecer ante la presencia de Dios.  Ese día comenzará la vida que no tendrá fin, y ese día cada persona será premiada con Dios de acuerdo con sus obras.